Una planta de sombra

Ayer fui por milésima vez a la dermatóloga y nada de la experiencia me sorprendió, pero me dijo algo que me puso a pensar demasiado: "eres una planta de sombra".



He tenido acné toda la vida, bueno, desde que tengo 11 años, y ha tenido buenas, malas y pésimas épocas. Ahorita está en la peor de todas y me agarró en un momento de la vida en donde se siente como la gota que derramó el vaso. No hace falta decir que la pandemia nos cambió la vida, la mía definitivamente dió un giro de 180º y sentí que había dado como siete pasos hacia atrás. Ahora imagínate despertar con más granitos que lunares y sentir alivio que el cubrebocas sea obligatorio para que nadie los vea.


Ir a la dermatóloga, al principio, era algo emocionante, iba con la esperanza de que se quitaría para siempre pero la última vez me dejó muy enojada y triste. Enojada porque era la primera vez que yo la pagaba y sentí que fui a perder mi tiempo y dinero. Triste porque el tratamiento que me sugirieron eran pastillas que me quitarían muchas otras cosas además del acné y mi intuición me dijo que por ahí no era.


Me rendí porque me habían dado a entender que si quería que desapareciera, ese era el último recurso, y yo no estaba dispuesta a sacrificar mi bienestar general para lograrlo. Pasaron unos meses, y con una nueva dieta, una pomada y unas pastillas pude controlarlo, pero cuando todo iba viento en popa, llegó a mi casa el covicho. Para no hacer el cuento largo, estuve en una situación y ambiente de constante estrés, aislamiento, tristeza y preocupación. Esto activó mi acné y mi acné bajó mi autoestima, porque aunque ya todos ahorita están sanos, yo no puedo decir que estoy libre de todo mal emocional.


Mi mamá me llevó a la consulta. Yo no quería ir porque no tenía dinero y además sabía que iba a ser el mismo cuento de siempre. Me subí al coche por ella, ¿quién no hace cosas solo porque se lo pide su mamá? La dermatóloga hizo lo suyo, pero no solo me recetó una nueva rutina, si no también terapia. Sin conocerme, me dijo que estaba enojada y muy muy triste; eso me hizo sentir todavía más triste porque si ella me percibió así, lo más probable era que los demás también. Ahora imagínate escuchar eso siendo soltera. No pues claro que te sientes lo que le sigue de mal.



Cuando por fin llegó el momento de la explicación, después de darme la clase de la piel, preguntó por mis antepasados, sus orígenes y quiénes eran los más güeros de la familia. Mi mamá respondió de lo que se acordó y la doctora me dijo:

"Tú eres una planta de sombra. Si, puedes vivir bajo el sol pero lo harías en las peores condiciones. Me vas a salir con sombrero, lentes, bloqueador. Cómprate de todos los colores, tamaños y formas. No me importa que los tengas por todos lados".

Me gustan mucho las plantas, me recuerdan lo que pasa cuando uno cuida de algo, y ahora sé que me parezco un poquito a ellas. Suena súper cliché, pero pues si, dime tú, ¿cómo una orquídea se va a dar en el desierto? Da risa, pero entendí que mi piel es muy sensible y todo lo ganado con cualquier tratamiento se pierde, no importa qué tan constante sea. Claro, esto no quiere decir que me tenga que ir a vivir a una cueva, porque mientras no sea de noche, incluso estando nublado, esas tres cosas (sombrero, lentes y bloqueador) serán parte de mí.


Ayer estaba muy triste, hoy no doy saltos de alegría tampoco, pero me emociona un poco incluir sombreros y gorras en mi día a día, tal vez se pueda convertirlo en algo icónico. Me han pasado más cosas encerrada que cuando podía salir, como a una mariposa que se transforma en su capullo, y eso me ayuda a recordar que los resultados no se logran de la noche a la mañana, físicos o mentales. Además, sé que aunque no tengo todavía terapeuta, tengo a mi familia, que me quiere y me apoya (aunque no todos crean en la terapia).


¿Alguien más siente que también es una planta de sombra? Seguiré contándote de este viaje que siento que apenas empieza.