La Casa de los Chilaquiles

Bajo una jacaranda hay una esquina acogedora que alberga el desayuno más famoso en México: los chilaquiles.



Desde pequeña siempre me he preguntado cómo le hacen los chefs para no comerse todo lo que preparan, en especial aquellos que hacen postres. Yo juraba que nunca podría ser capaz de cocinar algo tan rico sin comérmelo, pero fue hasta que empecé a tomar fotos de alimentos que lo entendí. Más o menos.


Fue en La Casa de los Chilaquiles, que descubrí que cuando estoy detrás de la cámara, realmente no estoy pensando en el sabor de la comida, si no en cómo se ve mejor. Me gustan los chilaquiles, y ya tenía rato de haber desayunado, unas cuatro horas más o menos. Terminando la sesión una hora y media después, lo único que me dio fue mucha sed, pero por supuesto que al subirme al coche, ya me moría de hambre y llegué a mi casa a devorar dos mangos que aún me quedaban en el refrigerador.


Agarrándole cariño a la edición


Cuando estaba en la universidad, mi mejor amiga Esme, era la encargada de cajón para tomar y editar las fotos, y yo era su feliz asistente. Entre las dos éramos muy buenas directoras de arte y como prueba de ello, tuvimos muy buenos proyectos. El que ella lo hiciera nunca me causó mayor conflicto, porque sabía que ella era una fotógrafa excelente y mejor que yo. Ahora que parte de mi trabajo son ambas cosas, veo atrás y analizando, llego a la conclusión que el que yo no lo hiciera me generó un prejuicio horrible: editar fotos era aburridísimo y súper tedioso, ¡qué flojera!


Siempre me gustó tomar fotos, pero fue un talento que dejé a un lado porque ya había alguien del equipo que lo hacía (y lo hacía muy bien). Cuando decidí lanzarme de freelancer, hice una lista de las cosas que sabía hacer para poder ofrecer el servicio, y hasta abajo escribí: fotografía.


Antes de atreverme a ofrecer el servicio de fotografía, tenía que ponerme las pilas, y lo obvio era ponerme a practicar. Empecé con cosas que tenía en mi casa y para evitarme la editada, buscaba que mis fotos tuvieran buena luz, composición y que los elementos estuvieran sobre fondos lisos de colores o blanco y negro.

Lo que pasó fue que mejoré mucho la técnica y que si bien la edición era mínima, aún así seguía siendo necesaria. Me ponía nerviosa pensar en qué iba a hacer el día que saliera de mi casa y me tocara tomar fotos en un lugar que no conocía y con poca luz.


La Casa de los Chilaquiles


Meses después de mi auto entrenamiento, me toca tomar fotos en un lugar nuevo y en plena crisis de COVID-19. Mis papás, por supuesto, con el Jesús en la boca cuando llegó el día de la sesión, me equiparon con cubre bocas, guantes y antibacterial; le sumaban a mi estrés de no saber cómo era el lugar. Sin embargo, llegué y me puso contenta que el lugar fuera "perfecto", pero más feliz fui cuando el cliente se mostró accesible y pendiente.




La Casa de los Chilaquiles es un lugar muy bonito, tranquilo y al que estoy segura que volveré para probar todo a lo que le tomé foto. Esta sesión de fotos la recordaré por siempre, pues fue una oportunidad que me ofrecieron en tiempos difíciles para el mundo.